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El delirio viene a deslumbrarnos y a zamarrearnos del mundo, aún de nosotros mismos Apología al delirio Por Gabriel Agosin O Ninguna escuela, ningún estudio, menos este articulillo, podría solventar en lo más mínimo el delirio extremo como modo de existencia. Más aún cuando todo acto humano nos dirige inexorablemente a la realidad, y, sobre todo, si estamos situados sobre una especie animal y una historia que mira siempre hacia y desde fuera del cuerpo. El delirio del cual nos referimos podríamos definirlo como un gesto del espíritu hacia el cuerpo; como un acto poético sublime donde la conformación racional del mundo desaparece para dar paso al universo sensitivo del cuerpo.Platón fue el sepulturero del delirio al hacer la distinción entre mundo real (verdad) y aparente o irreal (fantasía), otorgándole, por supuesto, una connotación positiva a la geografía aséptica de la razón en detrimento a los caminos enigmáticos de la locura. Su mito cavernario (o de la caverna), epitafio lacónico a la subjetividad y delirio como modo de entender la vida es enfático. Recordemos cómo aquellos hombres encadenados en medio de oscuridad utilizaban todo su potencial imaginativo al descifrar de los modos más increíbles las sombras refractadas desde la "realidad", para, luego, romper con la fuerza de la razón las amarras anquilosadoras hasta alcanzar el universo de la verdad metafísica, supuesta panacea a cualquier cuestionamiento existencial. Cabe cuestionarse qué libertad nos queda, que papel jugamos, con que libreto interpretamos al mundo si ya todo está desentrañado. ¿Qué realidad es total si nosotros como individuos pasamos a ser meros observadores de ella? Es más, ¿qué queda de libre arbitrio al presentarnos un mundo develado y sin interpretaciones surgidas de los sentidos, de los estados anímicos y la atmósfera en las cual vuelan nuestros sueños? Pero el filósofo griego sólo cumplió con su rol allanador, donde posteriormente las lógicas morales sustentaron todos sus cimientos argumentativos "en aras de la verdad", pulverizando y vertiendo más polvo sobre la tumba de la imaginación vesánica. Religiones, teorías económicas, ideologías totalitarias, visiones históricas, percepción sexual, y cualquier forma de entender nuestro tránsito por la Tierra; he ahí los cómplices y autores emblemáticos de concepciones tan irrisorias como bien y mal. Dudas ya no caben a la hora de afirmar que dichas rotulaciones son parte de una obsesión por ordenar el mundo y su compleja composición a favor de ciertas posturas recalcitrantes al origen animal del hombre. De hecho, aquel afán inequívoco por comprender de modo consensuado la sensibilidad y los actos humanos es, no está de más decirlo, el primer paso hacia la razón instrumental. El delirio viene a deslumbrarnos y zamarrearnos del mundo, aun de nosotros mismos. Esto porque el acto sublime del delirio es la abstracción superlativa de toda certidumbre, de toda materialidad que nos conecte con la vida misma. Aceptando así al delirio, podemos afirmar, sin resquemores, que dicho gesto de la percepción hacia el cuerpo es algo que requiere de una tarea colosal, abrigada sólo por lo insostenible, lo mágico, lo utópico, lo quimérico. Es absurdo pensar en "escritos o música delirante", puesto que cualquier mecanismo que haga de puente con lo externo corta de raíz tal fuente de perspectiva interior. El comunicarnos por instrumentos convenidos, llámese signos y símbolos visuales o auditivos, nos arrastra hacia fuera, no al revés, por mucho que pretendamos lo contrario al creer expresarnos. Otra quimera. De hecho, el delirio implica una actitud que reniegue cuestiones tan esenciales como al mismo ser. Así, irrumpe el silencio. Irrumpe una luz tan potente que encandila. Surge por fin la individuación cabal que nos pone más allá del ser, el tiempo y el espacio. Pasamos a lo absoluto. La eternidad en el instante, la belleza de lo íntimo. Acomete lo trascendente en lo efímero y la imposibilidad de la vida. Es, en suma, lograr la autopoiesis, la creación en sí misma de nuestro espíritu a pesar de todo, a pesar de todos. El delirio como acto existencial jamás tendrá asidero lógico, ello porque su realización rompe con cualquier estructura de entendimiento desde la cordura y la forma. Es un trance lúdico, donde cada individuo recrea a su antojo la perceptibilidad del todo y la nada al unísono, comenzando una senda hacia lo desconocido e inexplorable y con final único. Por tanto, estas palabras a medida que avanzan, van, letra a letra, suspiro a suspiro, desmereciéndose la una a la próxima, ello por el anhelo ridículo de querer exponer algo indescriptible, lo cual hace que cualquier intento por acercarse a su esencia, sea ya un paso hacia atrás. Quizás, lo inconmensurable y la incongruencia del delirio en sí, hace de esta apología su peor reproche, y no más que eso. |
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